Artículo de Aznar en 'The Australian' | 'Unidos para la acción'

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21 de agosto de 2017 PDF del artículo

 

"ESTA VEZ HA SIDO BARCELONA, CATALUÑA, ESPAÑA. Siento con especial dolor la violencia brutal que ha dejado decenas de muertos y de heridos en una de las ciudades más importantes de Europa y de las más queridas por mí. Algunos de ellos, de origen australiano. También en una localidad cercana, Cambrils, icono turístico de mi país en el momento de mayor afluencia del año. Y podría haber sido peor, porque todo parece indicar que un afortunado error en el manejo de explosivos hace unos días frustró los verdaderos propósitos de la célula yihadista finalmente desarticulada.

En mis memorias empleo la expresión “A por ellos” como título del capítulo en el que explico la política antiterrorista que desarrollé como presidente del Gobierno de España. Esa expresión no lo es de ninguna sobrerreacción precipitada, fruto del impacto emocional que producen siempre los actos terroristas, de los que yo mismo he sido víctima. Al contrario, se trata de una expresión que sintetiza un cambio de fondo en la percepción del terrorismo y de la responsabilidad que cualquier gobierno democrático tiene frente a él: poner a pleno rendimiento todos los instrumentos del Estado de derecho que ya existan o crear los que no existan, activar todas las capacidades políticas y cívicas, todos los recursos diplomáticos, tecnológicos y militares cuando sean necesarios para derrotar efectiva e irreversiblemente a los terroristas, operativamente e ideológicamente. Eso fue lo que impulsé en España en su momento, y creo que ese mismo cambio de fondo es el que necesitamos hoy en el conjunto de los países que padecemos el terrorismo islamista.

Pero para que ese cambio político sea posible es necesario primero impulsar un cambio de mentalidad en nuestras sociedades: deben ser conscientes de la amenaza y deben querer vencerla de verdad en toda su dimensión real.

Con frecuencia he dicho públicamente que todos los terrorismos son iguales. Porque lo son en lo fundamental. Y lo fundamental no es el “porqué” del terrorismo sino el “para qué”. Ese para qué es la destrucción de las sociedades abiertas, de la libertad y del pluralismo, y los motivos que se empleen para justificarla no alteran ese hecho sustancial ni modifican la respuesta que se debe dar ante ella. Todos los criminales tienen sus motivos, y todos ellos son irrelevantes ante la evidencia de sus crímenes.

Somos objetivo de un yihadismo autoinducido y autorradicalizado, guiado por un deseo de destrucción completa de nuestra civilización, y que precisamente por ello hace de países como España, esencial en la historia occidental, uno de sus blancos prioritarios. Y en ese propósito carece de restricción moral alguna. A eso nos enfrentamos.

Existe una responsabilidad personal asociada a un propósito político en quienes voluntariamente se unen a esa yihad en sus diferentes formas. Sobre esas dos cosas debe actuar con determinación cualquier política antiterrorista que quiera llegar a tener éxito. Por tanto, cualquier autoinculpación, cualquier razonamiento destinado a obviar el propósito político de fondo, a exculpar al terrorista y a culpabilizar a las sociedades que padecen el terrorismo –incluidas las de mayoría musulmana- está fuera de lugar.

A mi juicio, perdemos demasiado tiempo (especialmente tiempo político, siempre condicionado por el calendario electoral) en discutir sobre el “porqué” del terrorismo, y muy poco a tener claro el “para qué”, que es lo que nos puede permitir desarrollar un pensamiento estratégico y anticipativo ante él. El terrorismo es una actividad proactiva, no reactiva; no es un proceso de liberación sino de conquista y de imposición fanatizada. El terrorismo casi nunca es ciego y casi nunca es inútil. Tiene intenciones muy claras y no fracasa si no se le hace fracasar.

No es el resultado de procesos opresivos previos a los que se responde de manera desesperada mediante una violencia que se pueda reconocer como “la última salida”, ni merecer por ello una cierta comprensión en sus fines. No lo ejercen principalmente ni personas pobres ni personas incultas, y no lo ejercen para liberar sino para esclavizar. Hay cosas que no caben en la democracia liberal, hay cosas que no se pueden defender pacíficamente porque en sí mismas exigen la violencia para imponerse y eso es lo que hoy debemos comprender: la democracia tiene límites, no es neutral ni moral ni ideológicamente. No puede serlo, nunca lo ha sido porque es el resultado de un largo proceso de civilización. Tiene fronteras morales, y por ello, de hecho, tiene fronteras físicas que ojalá en el futuro vayan reduciéndose pero que hoy tienen un perímetro preciso, y tenemos que defenderlas, hacia dentro y hacia fuera.

Un ejemplo: mientras ETA (una banda terrorista que decía actuar en nombre de una de las regiones más ricas, con mayor nivel de vida de Europa y con plena capacidad de gobierno democrático, que ha causado cientos de muertos en España durante décadas), asesinaba cuanto podía y como podía, incluyendo la voladura de centros comerciales y de transportes públicos en grandes ciudades de manera indiscriminada, sus representantes “políticos” ocupaban escaños en los gobiernos locales y regionales, en el Parlamento nacional español y en el Parlamento Europeo. Fueron su ilegalización política y la aplicación decidida de la ley que impulsaron mis gobiernos las que permitieron reducir casi hasta cero su capacidad operativa, no al revés.

Equivalencias exactas pueden hallarse en el terreno de la militancia política yihadista en numerosos países occidentales. Cerrar los ojos nos debilita, y esa debilidad es provocativa ante nuestros enemigos. Abrirlos nos fortalece.

Lo habitual es que el terrorismo obedezca a un propósito político largamente madurado a cuyo servicio pone, entre otros muchos instrumentos, la violencia. Y también que, al menos parcial y transitoriamente, logre algunos de sus objetivos, condicionando el debate público de los países afectados e incluso, en ocasiones, impactando de manera relevante en los procesos políticos ordinarios, como las elecciones. Es necesario superar de inmediato el diagnóstico “buenista” del terrorismo, destinado a hacernos creer que “en el fondo” el terrorista es una víctima y la víctima es un verdugo; que nunca consigue nada, que no logrará afectarnos si el número de velas que encendemos en cada escenario criminal es lo bastante elevado.

Mi experiencia me dice que lo primero que necesitamos para hacer frente al terrorismo es vencer algunos errores básicos. Vencer el error de su caracterización como “un acto de locura”, vencer el error de considerar que el terrorismo nunca logra ninguno de sus propósitos, vencer el error de pensar que sólo es cuestión de tiempo que las cosas vuelvan a su estado natural, como si tal cosa existiera, el error de pensar que el diálogo podrá arreglar los problemas en cualquier caso. Y vencer el error de creer que la mera invocación de nuestros valores o la sentimentalización de nuestras reacciones cívicas bastarán para conmover a los terroristas y hacerles desistir de sus propósitos. Eso no ocurrirá en ausencia de una estrategia sostenida que aborde con rigor, con determinación y con los medios políticos, jurídicos y materiales necesarios un desafío en toda regla a nuestro modo de vida. El diálogo no es posible con quienes se niegan a sí mismos cualquier libertad de pensamiento.

Y por tanto no basta con apelar a la unidad y con repetir una y otra vez que no nos vencerán. Es necesario que esa unidad se produzca alrededor de un liderazgo realista y decidido, que entienda que para que no nos derroten es necesario derrotarlos, que no hay otro camino que una firme voluntad de victoria, que el apaciguamiento no sirve, que no hemos hecho nada para que hagan lo que hacen y que no podemos dejar de hacer nada para que dejen de hacerlo. Y además, no queremos.

Permanezcamos unidos. Unidos para la acción".

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